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¿Ser transgénero es tener un trastorno mental?

La identidad transgénero es considerada un trastorno mental en las clasificaciones vigentes (CIE-10 y DSM-5). Sin embargo, son muchas las voces en contra de este hecho, incluidas las de buena parte de la población trans organizada alrededor del mundo, y las de una alta proporción de profesionales de la salud mental de muy diversos países (ver por ejemplo: Drescher et al., 2012; Drescher et al., 2016). La razón por su oposición es que creen que conceptualizar la identidad transgénero como trastorno mental refleja una franca estigmatización de una manera de ser o de comportarse, y que éste no es consistente con el estado de conocimiento actual y no es la mejor manera de hacer que los servicios de salud estén disponibles a esta población (Robles et al., 2015). Drescher et al., 2016).

El proceso actual de desarrollo de la CIE-11 ha resultado una oportunidad para revisar la relevancia y utilidad de las categorías diagnósticas relacionadas con la identidad transgénero. De hecho, el grupo de expertos de la OMS en esta área recomendió, entre otras cosas, mover los diagnósticos relacionados con la identidad transgénero fuera del capítulo de trastornos mentales a otra parte de la CIE-11. (Para muchas personas, sigue siendo importante que exista un diagnóstico para poder tener acceso a servicios sanitarios relacionados.) Esta propuesta se basa fundamentalmente en la noción de que, en muchos casos, no se cumple con uno de los requisitos principales para diagnosticar un trastorno mental: la presencia de un nivel significativo de distrés psicológico o deterioro funcional atribuibles a la condición per se. Un principio establicido de la CIE es que la desaprobación social no es un base suficiente para establecer la presencia de un trastorno mental.

  Con este fin, uno de los estudios de campo de las categorías relacionadas con la identidad transgénero de la CIE-11 tuvo por objetivo determinar la frecuencia, gravedad y tipo de distrés psicológico y deterioro funcional experimentados por adultos transgénero durante su adolescencia, y determinar la relación entre este distrés y deterioro funcional y las experencias de rechazo social y violencia durante aquel periodo. Este estudio ya ha concluido en una muestra amplia de personas transgénero que recibían atención en una clínica especializada en la Ciudad de México, y se encuentra en proceso, al menos, en otros cinco países (Brasil, Francia, India, Líbano y Sudáfrica).

Los hallazgos en la muestra mexicana sugieren una estrecha relación entre distrés y discapacidad con experiencias de estigmatizaicón y violencia, no así con la experiencia personal de incongruencia de género como tal. Éste apoyaría la decisión de no conceptualizar la identidad transgénero como trastorno mental en la futura CIE-11. Ese sería no solo un momento ejemplar de la ciencia como método para la toma objetiva de decisiones en salud, sino uno muy anhelado y necesario para la reivindicación de los derechos humanos, la inclusión social y el bienestar de esta población.